lunes, 19 de noviembre de 2012

REALMENTE, ¿ERES FELIZ?


¿Alguna vez has sentido el poder de la gratitud estremecer tu alma hasta hacerte romper en llanto? ¿Has experimentado el contemplar el canto de una mujer en el coro de una iglesia? ¿Alguna vez te has sentido parte de la inmensidad del firmamento y el mar? ¿Alguna vez te has regocijado con el vuelo de las aves y has admirado su belleza? ¿Alguna vez en tu vida contemplaste a Dios en la sonrisa de un niño? ¿Alguna vez te perdiste en el momento eterno de la caricia infinita del ser que más amas en la vida? ¿Has tratado de cambiar tu perspectiva respecto a cada ámbito de tu vida? ¿Lograste anteponer una sonrisa y te olvidaste del enojo en un momento difícil? ¿Te has puesto a reflexionar acerca de cómo te sientes realmente? ¿Sabes por qué estás aquí? ¿Para qué? ¿Cuál es el fin? ¿Cuál es tu verdadero propósito?
Solía, mantener una vida “normal” para el resto de la gente. Asistía a la escuela, me reunía en eventos familiares, reía, lloraba, me enojaba; de acuerdo a cada situación que la vida me presentaba. Y es que desde pequeños nos educan de esa forma; nos dicen que cuando uno está feliz, ríe; si estás triste pues, debes tener expresión de congoja en tu rostro y si la pena es mucha pues había que llorar.
Siempre me gustaba reunirme con gente mucho mayor que yo, sobre todo familia porque sentía que aprendía de ellos a través del relato de sus innumerables experiencias, me gustaba escucharlos y de vez en cuando opinaba al respecto, algunas veces me callaban, otras se reían de lo que decía; en fin, muchas reacciones.
Por otro lado, durante esas reuniones percibía que habían momentos en que esas personas estaban alegres, felices; y otros en los que andaban tristes, agobiados y deprimidos por las situaciones que atravesaban en sus vidas. Este comportamiento era constante y lo califiqué de “normal” ya que todos actuaban así. Del mismo modo actuaba yo también.
Pasé por muchas experiencias, así que mi humor y forma de sentir eran de acuerdo a las experiencias que se presentaban en mi vida. Pero llegó un momento en el que me pregunté: ¿Está bien esto de sentirse unas veces bien y mal luego? ¿Por qué no podemos sentirnos bien siempre? ¿Por qué no todo es alegría? ¿Es posible que el bienestar sea eterno? Considero que cuando esas interrogantes llenaron mi conciencia, sentí que era el comienzo del fin y de un resurgimiento al mismo tiempo; en otras palabras: una crisis; expresada en reflexiones, pensamientos, confusiones, decisiones; era el indicio de que algo estaba por cambiar; no sabía qué ni cómo, pero sí sentía que sería gratificante.
Comencé por sentirme única, inigualable, y si veía a alguien un tanto parecido a mí en cualquier aspecto, buscaba la forma de no parecérmele más. Estaba en busca de mi originalidad, de mi autenticidad. Y así pasé un tiempo hasta que empecé a sentirme bicho raro porque sentía que la gente me miraba de forma extraña cuando hacía o decía algo. Pero igual yo era feliz. Había buscado autenticidad y esas eran las consecuencias. Con esta experiencia comencé por aceptar las consecuencias de mis actos y a llevarlas con orgullo y una sonrisa de oreja a oreja. Tiempo atrás el hecho de que la gente me mire “mal” me hubiera devastado y avergonzado, pero desde esa “crisis”, aquello se terminó.
Me cansé de buscar la aprobación de la gente, así que comencé a hacer todo al revés, como dando la contra, empecé como jugando y se terminó convirtiendo en mi forma de ser; primero por joda y luego de verdad, me sentía bien porque estaba siendo yo misma, libre de prejuicios y cosas que la sociedad impone. Establecí mis propias reglas. Aposté por lo desconocido y lo prohibido, algunas me gustan hasta el día de hoy, otras las erradiqué por completo. Al mismo tiempo, noté que esa inestabilidad en cuanto a la forma de sentirme continuaba; en el fondo quería las respuestas a todas mis interrogantes pero no sabía cómo encontrarlas. Fue cuando comencé a pedir como “señales” a la vida para poder encontrar la solución a mis preguntas. Algunas personas llegaron a mí, así como también libros y acontecimientos de los cuales quedaba asombrada. Comencé por relacionar todo lo que conocía, algo así como tratar de encontrar un punto de similitud en todo en cuanto existe.
Conocí a una persona que me permitió encontrarme conmigo misma. Aquel momento fue como una guerra dentro de mí, quise ser buena y mala al mismo tiempo. Quise dejar de ver lo malo como tal y me pregunté: ¿Realmente las cosas son buenas y malas, o es que uno las ve de acuerdo a su conveniencia, de acuerdo a sus patrones de conducta influenciados por terceros, sean estos padres, hermanos, familia en general, amigos, etc.?
Cierto día una muy querida amiga me prestó un libro y me dijo: “Toma esto, quiero que lo leas. Dicen que es muy bueno. A ver si te sirve y te aclaras de tus confusiones.” Tomé el libro y vi que decía “El Secreto” en la portada; no le presté importancia, de hecho mi hábito de la lectura se había estado esfumando desde hacía ya buen tiempo. Los días pasaron y el libro seguía por algún rincón de mi habitación. De repente decidí ver de qué se trataba, lo abrí y comencé a leer una serie de acontecimientos sobre la ley de la atracción, de cómo nuestros pensamientos determinan lo que somos. Me pareció estupendo este nuevo descubrimiento. Comencé a aplicar ciertos consejos del libro en mi vida. Al principio tuve dudas, pero a pesar de ello decidí creer; al fin y al cabo no tenía nada que perder. Noté ciertos cambios en el día a día y me di cuenta que la forma de sentirme también era determinante en mi vida. Aún así no terminaba de encontrar mis respuestas, más bien sentía que era el comienzo de un largo viaje, un viaje a lo desconocido; un viaje al interior. En el fondo deseaba conocer a alguien o algo que pueda darme las pistas a mi gran interrogante: ¿Por qué estamos aquí? ¿Para qué?
Mi mejor amiga y yo habíamos planeado viajar a una ciudad que está a un par de horas de la mía; no pudimos viajar juntas, así que viajé primero yo y al día siguiente ella. El motivo del viaje fue salir a un local de diversión nocturna que nos habían recomendado, así que asistimos a dicho lugar el día en que ella llegó. Luego de un momento de haber llegado al local, noté la presencia de una chica quien estaba con un amigo; había algo en ella que me atraía y quería de alguna u otra manera acercármele. Pasadas las horas, en la pista de baile, me fui acercando hacia donde ella estaba y le inicié la conversación, se mostró muy amable tanto así que intercambiamos teléfonos. Continué bailando por un rato más hasta que me fui. Al día siguiente le escribí mensajes de texto al celular y fue así como las conversaciones entre ambas se hicieron más amenas y nos hicimos amigas. Al preguntarle a qué se dedicaba, me dijo que a equilibrar la energía de las personas y enseñarles a ver el aura; cuando me dijo aquello me quedé estupefacta, quise saber más sobre ella; con el pasar del tiempo le comenté acerca de mis confusiones y ella se mostraba como una guía espiritual para mí con sus consejos y su misma forma de ser, de pronto me di cuenta que la vida me estaba dando lo que anhelaba en lo más profundo de mi ser: conocer a alguien o algo que me permita hallar las respuestas que necesitaba tanto. Hablábamos continuamente y ella fue brindándome sus conocimientos acerca de todo lo que sabía, que no somos materia únicamente sino energía, que somos un todo; también me permitió conocer nuevas cosas acerca de la ciencia tales como la física cuántica que algunos científicos la relacionan con el despertar de la consciencia; de manera que confirmaba lo que decía en “El Secreto”, somos un todo, de manera que nuestra forma de ser influye al mundo entero. Fue cuando me di cuenta que el cambio que yo tanto anhelaba en el mundo debería empezar en mí misma. Que todo es relativo y nada absoluto. Que es la forma en cómo vemos las cosas la que determina el día a día en nuestras vidas. De manera que si cambiamos nuestra perspectiva, cambiamos el mundo. El simple hecho de saber todo esto me hizo sentir una enorme liberación y paz en mi interior, como si mis interrogantes comenzaran a disiparse lentamente. Era el momento de esperar a que cada solución llegase en el tiempo adecuado. Ya no me sentía angustiada. Comencé a trabajar en mis pensamientos y en cambiar mis perspectivas, empecé a educarme a mí misma. Fue de esa forma en que vi cómo vida se iba acomodando y llegué a la conclusión de que únicamente estamos aquí para ser felices sin afectar la felicidad ni el bienestar de los demás. De pronto mis ganas de hacer lo que quiero sin necesidad de la aprobación de alguien se fueron manifestando nuevamente, comencé por valorar cada instante de mi presente, cada cosa, a todo en cuanto me rodea; a apreciar y considerar a las personas como verdaderos maestros y guías de los cuales siempre hay algo que aprender, desde el más indefenso y menos inteligente hasta el más poderoso de los seres.
Mi lado más sublime, vulnerable y noble empezó a despertar.
Fue cuando me di cuenta de que la felicidad eterna sí existe, que sí puede ser constante y que realmente podemos evitar esos altibajos (depresión, estrés) de los cuales somos esclavos muchas veces. El secreto es cambiar la perspectiva de ver el mundo. El secreto es no vivir del pasado ni del futuro; sino del presente y ser conscientes de él, eligiendo ser felices, amando lo que hacemos y ayudando a los demás a ser felices sin sentirnos responsables de sus vidas porque ellos son los únicos que pueden elegir entre ser felices o no.
Recuerda que nada es casualidad, que todo lo que tienes es lo que has deseado hasta hoy. Si quieres ver algún cambio pues cámbiate a ti mismo. Solo hace falta creer, amar y ser agradecidos. 
LESBOHÈME.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario