¿Alguna vez has sentido el poder de la gratitud estremecer tu alma hasta hacerte romper en llanto? ¿Has experimentado el contemplar el canto de una mujer en el coro de una iglesia? ¿Alguna vez te has sentido parte de la inmensidad del firmamento y el mar? ¿Alguna vez te has regocijado con el vuelo de las aves y has admirado su belleza? ¿Alguna vez en tu vida contemplaste a Dios en la sonrisa de un niño? ¿Alguna vez te perdiste en el momento eterno de la caricia infinita del ser que más amas en la vida? ¿Has tratado de cambiar tu perspectiva respecto a cada ámbito de tu vida? ¿Lograste anteponer una sonrisa y te olvidaste del enojo en un momento difícil? ¿Te has puesto a reflexionar acerca de cómo te sientes realmente? ¿Sabes por qué estás aquí? ¿Para qué? ¿Cuál es el fin? ¿Cuál es tu verdadero propósito?
Solía, mantener una vida “normal”
para el resto de la gente. Asistía a la escuela, me reunía en eventos
familiares, reía, lloraba, me enojaba; de acuerdo a cada situación que la vida
me presentaba. Y es que desde pequeños nos educan de esa forma; nos dicen que
cuando uno está feliz, ríe; si estás triste pues, debes tener expresión de
congoja en tu rostro y si la pena es mucha pues había que llorar.
Siempre me gustaba reunirme con
gente mucho mayor que yo, sobre todo familia porque sentía que aprendía de
ellos a través del relato de sus innumerables experiencias, me gustaba
escucharlos y de vez en cuando opinaba al respecto, algunas veces me callaban,
otras se reían de lo que decía; en fin, muchas reacciones.
Por otro lado, durante esas
reuniones percibía que habían momentos en que esas personas estaban alegres,
felices; y otros en los que andaban tristes, agobiados y deprimidos por las
situaciones que atravesaban en sus vidas. Este comportamiento era constante y
lo califiqué de “normal” ya que todos actuaban así. Del mismo modo actuaba yo
también.
Pasé por muchas experiencias, así
que mi humor y forma de sentir eran de acuerdo a las experiencias que se
presentaban en mi vida. Pero llegó un momento en el que me pregunté: ¿Está bien
esto de sentirse unas veces bien y mal luego? ¿Por qué no podemos sentirnos
bien siempre? ¿Por qué no todo es alegría? ¿Es posible que el bienestar sea
eterno? Considero que cuando esas interrogantes llenaron mi conciencia, sentí
que era el comienzo del fin y de un resurgimiento al mismo tiempo; en otras
palabras: una crisis; expresada en reflexiones, pensamientos, confusiones,
decisiones; era el indicio de que algo estaba por cambiar; no sabía qué ni
cómo, pero sí sentía que sería gratificante.
Comencé por sentirme única,
inigualable, y si veía a alguien un tanto parecido a mí en cualquier aspecto,
buscaba la forma de no parecérmele más. Estaba en busca de mi originalidad, de
mi autenticidad. Y así pasé un tiempo hasta que empecé a sentirme bicho raro
porque sentía que la gente me miraba de forma extraña cuando hacía o decía
algo. Pero igual yo era feliz. Había buscado autenticidad y esas eran las
consecuencias. Con esta experiencia comencé por aceptar las consecuencias de
mis actos y a llevarlas con orgullo y una sonrisa de oreja a oreja. Tiempo
atrás el hecho de que la gente me mire “mal” me hubiera devastado y
avergonzado, pero desde esa “crisis”, aquello se terminó.
Me cansé de buscar la aprobación
de la gente, así que comencé a hacer todo al revés, como dando la contra,
empecé como jugando y se terminó convirtiendo en mi forma de ser; primero por
joda y luego de verdad, me sentía bien porque estaba siendo yo misma, libre de
prejuicios y cosas que la sociedad impone. Establecí mis propias reglas. Aposté
por lo desconocido y lo prohibido, algunas me gustan hasta el día de hoy, otras
las erradiqué por completo. Al mismo tiempo, noté que esa inestabilidad en cuanto
a la forma de sentirme continuaba; en el fondo quería las respuestas a todas
mis interrogantes pero no sabía cómo encontrarlas. Fue cuando comencé a pedir
como “señales” a la vida para poder encontrar la solución a mis preguntas.
Algunas personas llegaron a mí, así como también libros y acontecimientos de
los cuales quedaba asombrada. Comencé por relacionar todo lo que conocía, algo
así como tratar de encontrar un punto de similitud en todo en cuanto existe.
Conocí a una persona que me
permitió encontrarme conmigo misma. Aquel momento fue como una guerra dentro de
mí, quise ser buena y mala al mismo tiempo. Quise dejar de ver lo malo como tal
y me pregunté: ¿Realmente las cosas son buenas y malas, o es que uno las ve de
acuerdo a su conveniencia, de acuerdo a sus patrones de conducta influenciados
por terceros, sean estos padres, hermanos, familia en general, amigos, etc.?
Cierto día una muy querida amiga
me prestó un libro y me dijo: “Toma esto, quiero que lo leas. Dicen que es muy
bueno. A ver si te sirve y te aclaras de tus confusiones.” Tomé el libro y vi
que decía “El Secreto” en la portada; no le presté importancia, de hecho mi
hábito de la lectura se había estado esfumando desde hacía ya buen tiempo. Los
días pasaron y el libro seguía por algún rincón de mi habitación. De repente
decidí ver de qué se trataba, lo abrí y comencé a leer una serie de
acontecimientos sobre la ley de la atracción, de cómo nuestros pensamientos
determinan lo que somos. Me pareció estupendo este nuevo descubrimiento.
Comencé a aplicar ciertos consejos del libro en mi vida. Al principio tuve
dudas, pero a pesar de ello decidí creer; al fin y al cabo no tenía nada que
perder. Noté ciertos cambios en el día a día y me di cuenta que la forma de
sentirme también era determinante en mi vida. Aún así no terminaba de encontrar
mis respuestas, más bien sentía que era el comienzo de un largo viaje, un viaje
a lo desconocido; un viaje al interior. En el fondo deseaba conocer a alguien o
algo que pueda darme las pistas a mi gran interrogante: ¿Por qué estamos aquí? ¿Para qué?
Mi mejor amiga y yo habíamos
planeado viajar a una ciudad que está a un par de horas de la mía; no pudimos
viajar juntas, así que viajé primero yo y al día siguiente ella. El motivo del
viaje fue salir a un local de diversión nocturna que nos habían recomendado,
así que asistimos a dicho lugar el día en que ella llegó. Luego de un momento
de haber llegado al local, noté la presencia de una chica quien estaba con un
amigo; había algo en ella que me atraía y quería de alguna u otra manera
acercármele. Pasadas las horas, en la pista de baile, me fui acercando hacia
donde ella estaba y le inicié la conversación, se mostró muy amable tanto así
que intercambiamos teléfonos. Continué bailando por un rato más hasta que me
fui. Al día siguiente le escribí mensajes de texto al celular y fue así como
las conversaciones entre ambas se hicieron más amenas y nos hicimos amigas. Al
preguntarle a qué se dedicaba, me dijo que a equilibrar la energía de las
personas y enseñarles a ver el aura; cuando me dijo aquello me quedé
estupefacta, quise saber más sobre ella; con el pasar del tiempo le comenté
acerca de mis confusiones y ella se mostraba como una guía espiritual para mí
con sus consejos y su misma forma de ser, de pronto me di cuenta que la vida me
estaba dando lo que anhelaba en lo más profundo de mi ser: conocer a alguien o
algo que me permita hallar las respuestas que necesitaba tanto. Hablábamos
continuamente y ella fue brindándome sus conocimientos acerca de todo lo que
sabía, que no somos materia únicamente sino energía, que somos un todo; también
me permitió conocer nuevas cosas acerca de la ciencia tales como la física
cuántica que algunos científicos la relacionan con el despertar de la
consciencia; de manera que confirmaba lo que decía en “El Secreto”, somos un
todo, de manera que nuestra forma de ser influye al mundo entero. Fue cuando me
di cuenta que el cambio que yo tanto anhelaba en el mundo debería empezar en mí
misma. Que todo es relativo y nada absoluto. Que es la forma en cómo vemos las
cosas la que determina el día a día en nuestras vidas. De manera que si
cambiamos nuestra perspectiva, cambiamos el mundo. El simple hecho de saber
todo esto me hizo sentir una enorme liberación y paz en mi interior, como si
mis interrogantes comenzaran a disiparse lentamente. Era el momento de esperar
a que cada solución llegase en el tiempo adecuado. Ya no me sentía angustiada.
Comencé a trabajar en mis pensamientos y en cambiar mis perspectivas, empecé a
educarme a mí misma. Fue de esa forma en que vi cómo vida se iba acomodando y
llegué a la conclusión de que únicamente estamos aquí para ser felices sin
afectar la felicidad ni el bienestar de los demás. De pronto mis ganas de hacer
lo que quiero sin necesidad de la aprobación de alguien se fueron manifestando
nuevamente, comencé por valorar cada instante de mi presente, cada cosa, a todo
en cuanto me rodea; a apreciar y considerar a las personas como verdaderos
maestros y guías de los cuales siempre hay algo que aprender, desde el más
indefenso y menos inteligente hasta el más poderoso de los seres.
Mi lado más sublime, vulnerable y
noble empezó a despertar.
Fue cuando me di cuenta de que la
felicidad eterna sí existe, que sí puede ser constante y que realmente podemos
evitar esos altibajos (depresión, estrés) de los cuales somos esclavos muchas
veces. El secreto es cambiar la perspectiva de ver el mundo. El secreto es no
vivir del pasado ni del futuro; sino del presente y ser conscientes de él,
eligiendo ser felices, amando lo que hacemos y ayudando a los demás a ser
felices sin sentirnos responsables de sus vidas porque ellos son los únicos que
pueden elegir entre ser felices o no.
Recuerda que nada es casualidad,
que todo lo que tienes es lo que has deseado hasta hoy. Si quieres ver algún
cambio pues cámbiate a ti mismo. Solo hace falta creer, amar y ser agradecidos.
LESBOHÈME.
